Es bonito vivir en un país en el que cada uno es para su santo, por eso creo que mucha gente irá al cielo y lo que les pase después de eso no me interesa, pero acá importa más que eso, porque no se expandirá la energía anulando los espacios que nos unen y pedaleando más fuerte en direcciones distintas, cada uno con su santo, al contrario, se disipará.
Acá en la tierra, en Chile, cada vez que comienza una empresa que no sea familiar, es un milagro si sobrevive al año.
En nuestro país, según un estudio en el que se le dio seguimiento a 67.310 empresas creadas en 1996, el 25% de ellas desapareció en el primer año, un 17% en el segundo año, el 13% en el tercer año y un 11% en el cuarto año.
Las razones del alto índice de los fracasos es necesario atribuirlas a fuerzas externas a las empresas, que actúan en el entorno económico-político-social. Me refiero, entre otras, al escaso apoyo oficial, deficientes programas de ayuda a las Pymes, casi inexistentes fuentes de financiación, excesivos controles gubernamentales, altas tasas impositivas, alto costo de las fuentes de financiación disponibles y similares.
Sin dejar de admitir la existencia de todos estos problemas y obstáculos, queda siempre la pregunta: ¿por qué, a pesar de tener que enfrentar la misma problemática algunas Pymes sobreviven, progresan y crecen? No creo que sea sólo cuestión de suerte.
En Chile, donde los socios son de papel y las uniones de sangre no siempre significan confianza; es necesario empezar a reconstruir las redes que nos hicieron surgir de la adversidad, publicitar gratuitamente y de manera transparente los distintos rubros y asumir una cultura común que sirva para reinventarse, empezar de nuevo y aprovechar la mañana no el mañana. No distraernos por un futuro inexistente sino por un presente mejorable, mientras mas temprano mejor.


























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