Por Rodrigo Morales, profesor de sicología
Parecía inminente la noticia de la primera víctima fatal por la influenza AH1N1. Con el alto número de contagiados la estadística debía hacerse presente. Lo que no deja de llamar mi atención es que el inicialmente llamado "virus ABC1" -esto porque a nuestro país llegó con los aviones, los viajes, el Caribe y la buena vida- cobrara su primera víctima en la humanidad de un señor común y corriente, de hospital público de Puerto Montt, nada más lejos y distinto del Caribe. Inevitable pensarlo: incluso en la epidemia la dignidad está repartida de modo sospechoso. De igual forma esto no debería sorprendernos, esto ya lo sabíamos.
Ahora es el momento de las especulaciones, donde las más prolíficas que me han llegado dicen que se trata de una real pandemia que acabará con parte de la población (la médica fatalista); una reacción inmune creada por la naturaleza para defenderse de la infección que es la humanidad (la ecológica fatalista); un plan de los banqueros gringos para vender el Tamiflu y seguir controlando la humanidad (la política fatalista); o la de que es una de las plagas del apocalipsis de San Juan (la bíblica, ultra fatalista, ultra repetida). En mi opinión, ninguna me resulta tan novedosa. Las historias de fatalidad parecen ser parte del relato contemporáneo.
Sin embargo hace un par de días, saliendo del Juan Gómez Millas, las únicas mascarillas que vi fueron las capuchas de los muchachos, que entre humo y gas lacrimógeno me obligaron a salir raudo de la Facultad de Filosofía donde asistía a un seminario. Ciertamente, no veo otras mascarillas en las calles y creo que es porque, al menos parte de la gente, no quiere entregarse aún al espectáculo de la enfermedad, al goce mediático del tema de turno.
Pienso que la influenza plantea un tema de salud serio, pero no más serio que la contaminación y las enfermedades respiratorias, o la falta de donantes de órganos ¿o ya nos olvidamos de esa noticia? No nos confundamos, en esta cultura del espectáculo, de la cual usufructúan tantos cada día -y los mismos cada día- no caigamos en el juego del terror antojadizo. El gran peligro no está en la influenza, el gran peligro radica en acostumbrarnos a esta cultura del show, del desvío de la atención, del "conteo de casos" hasta que deja de ser interesante el tema. O hemos olvidado el "conteo" de casos de femicidio. Evidentemente ya no se lleva la cuenta, ¿por qué se preguntará usted? Ciertamente no porque no existan más casos, sino porque sencillamente ya no resultan interesantes o de mode, así como este chico del reality ¿Edmundo se llamaba el "galán"? Es lo mismo señores: el interés radica en el consumo mediático de la noticia no en el acometimiento de su problemática esencial.
La sociedad del espectáculo abre y cierra su telón cada cierto tiempo. La fatalidad y la falta de pudor parecen ser sus protagonistas estables. No nos engañemos con fuegos de artificio. La influenza es una enfermedad o algo así, de arriba escoja su hipótesis. Pero la valoración de la historia seguramente no tiene que ver con el conteo de casos, ni con especulaciones estereotipadas, sino con la dignidad que escogemos como sociedad vivir nuestra vida, en salud o en enfermedad, con "la porcina" o sin ella.

























Conexiones
Lo lamentable de lo que señalas es la relación entre estas noticias...pensar en que de alguna manera la falta de donantes, Edmundo el galán, la fiebre porcina, las farmacias, el transantiago, los okupas, están conectados por criterios asociados a una lógica consumista de la información (o del espectáculo, en tus palabras), que supone inmediatez, superficialidad y una veloz obsolescencia, hace difícil imaginar un rol para los medios que no implique el fomento al sopor social. El problema es que incluso el malestar se convierte en otra 'patita' de este sistema: habrá que ver lo que va a pasar durante los siguientes dos o tres días con los diputados, el actual rostro de estos espejismos que levantamos entre todos.
En fin. Felicitaciones por el escrito.
Saludos