Por Álvaro Medina
El coordinador de campaña de Sebastián Piñera, Rodrigo Hinzpeter, ha usado últimamente una teoría del complot para defender a su candidato de los hechos del pasado que lo persiguen. En esa teoría ha involucrado al diario La Nación afirmando que era parte de una maniobra contra el abanderado RN, por el hecho de reproducir una entrevista a Mónica Madariaga y luego de chequear esa información con el juez aludido por la ex ministra.
De lo anterior se desprende que Hinzpeter no entiende la dinámica de los hechos y, lo peor, no la quiere entender. Se lo explicaré con palabras sencillas: los medios de comunicación tienen (cada uno) una línea editorial. Se trata del enfoque propio que se definen libremente para enfrentar la realidad, interpretarla y mostrarla a los públicos. Cualquiera que diga que los medios informativos son completamente objetivos, cuando menos peca de ingenuo, pues al elegir una óptica o ángulo particular desde el que se ve la realidad, automáticamente se minimizan otras visiones. Este proceso es natural y obvio.
Lo aplica La Tercera (por ejemplo, cuando le da una enorme importancia al indulto de Eduardo Frei a una persona condenada por tráfico de drogas, incluyendo un seguimiento y entrevista al beneficiado), lo aplica Chilevisión (por ejemplo, al dedicar un enorme porcentaje de su contenido a las noticias policiales), lo aplica Las Últimas Noticias (al elegir como elementos centrales de la realidad los acontecimientos de la farándula). Todos, sin excepción, eligen lo que les parece más importante y ordenan su construcción de los hechos en función de ello. Se le intentó explicar esto personalmente a Hinzpeter, pero no quiso escuchar. Dicho sea de paso, patear la mesa y retirarse cuando algo no le gusta -habiendo sido invitado- tiene varios nombres. Uno elegante es intolerancia, pero hay otros.
La Nación tiene una línea editorial, una óptica propia de las cosas que, me parece, es evidente y se define por tratar de mirar lo que los demás no miran: los temas de derechos humanos, las políticas públicas, la democracia más que el mercado. Podrá ser criticada -todas las líneas editoriales lo son-, pero es una decisión propia y responde a las mismas preguntas que una empresa cuando define su negocio y las características de su producto.
De tal modo que acusar a La Nación de ser parte de un complot es pueril, si se me permite el eufemismo. La Nación en los últimos días no ha hecho otra cosa que publicar lo que ha salido en otros medios y declaraciones de personeros que han dicho su versión de los hechos dando la cara.
Francamente, la diatriba en contra de La Nación no tiene sentido. Es como atacar al cartero porque no le gusta lo que dice la carta. Es como destruir el diario mural porque no le gustan los afiches pegados en él. Es como quemar la micro porque la publicidad impresa en los vidrios no me representa.
Lo concreto es que hay un episodio que no ha sido aclarado, ante el cual se aprobó un recurso de amparo (en una época en la que no se aprobaba ninguno) y que impidió continuar con la investigación. Ante eso, el deber de un candidato es explicar y responder las dudas. Todo lo demás es andar viendo fantasmas.


























El gran problema es que ...
El gran problema es que el financiamiento del diario La Nación lo pagamos TODOS LOS CHILENOS, y el de la prensa libre privada, no.