Por: Julio Sarmiento.
Estudiante de medicina, Senador Universitario y Presidente de
Siendo joven es
relativamente fácil dejarse llevar por propuestas novedosas. Pareciera que nos
es profundamente atractivo lo que se vea moderno y diferente, todos lo saben, y
particularmente los expertos de la ingeniería electoral. Las campañas
presidenciales se lo han tomado muy en serio y es común encontrarse con
apelativos directos que nos tratan de convencer con una estética y una
fraseología que se autodenomina la opción del cambio.
No obstante debiéramos
ser capaces de reconocer la publicidad engañosa y sobre todo en algo tan
importante como una elección presidencial. La necesidad de cambio que existe en
Chile es una cuestión ineludible, lo muestra el oxidado sistema político que
hemos visto crujir frente a las recientes tensiones, lo dice un sistema
educacional que se retuerce de iniquidades y fracasos. También la constitución
con sus camisas de fuerza y todos los otros aspectos económicos, laborales y
sociales que han venido acumulando malestar durante muchos años. Chile necesita
un cambio pero hay que ver con cautela hacia donde específicamente debe ir
dirigido.
Este país sufrió muchas
transformaciones durante el gobierno militar, de la manera mas brutal y
autoritaria, sin consultas, ni referéndums ni discusión en el parlamento. Se
forzó la instalación de un sistema político y económico profundamente
impopular. Tanto fue así que la sociedad se resistió y luchó hasta conseguir
gritar con fuerza el histórico NO que lograra poner fin al periodo autoritario.
Ahí hubo una gran promesa de cambio. Se articuló un gran movimiento político y
social fecundo en ideas transformadoras y alimentado con la promesa de que un
chile democrático sería distinto. Vemos que 20 años después hemos tenido
avances, pero pese a ellos seguimos con la mayor parte de la promesa incumplida
en medio de un proceso de transición inconcluso. Yo me pregunto si unirse al
cambio sería profundizar y apurar la consecución de esta promesa o volver a
conformarnos con un gobierno fundado en las mismas lógicas de hemos tratado con
tanto esfuerzo de deshacer.
Los que nos heredaron
este sistema político y económico que tanto hemos tratado de cambiar hicieron
arreglos con mucha astucia, dejaron unos fortísimos amarres con un objetivo
explícito en las palabras del propio Jaime Guzmán, ideólogo de la constitución
de Pinochet, "(...) ...resulta
preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne
una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a
gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan
distinta a la que uno mismo anhelaría.... (...)" Efectivamente lo han
conseguido, seguimos prácticamente con la misma educación, salud, previsión,
sistema político y constitución, que teníamos antes y por obra y gracia de los
“grandes consensos” las pequeñas reformas han estado constreñidas a acciones no
tan distintas a las que ellos mismos anhelarían. Me parece entonces realmente
insólito que hablen de un cambio, que digan que ellos quieren un país distinto
o que van a hacer algo diferente a los que han venido haciendo durante todos
estos años aunque no hayan tenido el gobierno.
En todo el mundo se habla
del fracaso del neoliberalismo, la profunda crisis mundial dejó muy en claro
que las economías no podían ser regidas por banqueros. Los discursos liberales
han quedado relegados en casi toda Latinoamérica, nuestros países vecinos
impulsan asambleas constituyentes, nacionalizan sus recursos naturales,
reforman los sistemas de salud para que sean gratuitos, y mantienen sistemas
educacionales gratuitos. Cambios profundos y necesarios que mucha falta harían
en Chile, pero que brillan por su ausencia dentro de las “novedosas” propuesta
nacionales. Quienes aquí hablan de cambio solo mencionan reformas de nombre
pero no tocan en lo más mínimo ninguno de los pilares que sostienen el sistema
que ellos mismos han instaurado y profundizado.
Necesitamos un país que
sea dueño de sus recursos, que no tenga exclusión sociales ni política, que
tenga una educación pública de calidad, que ofrezca condiciones laborales
dignas, que tenga una salud accesible y una sociedad equitativa. Para lograrlo
necesitamos cambios en la legislación y las políticas públicas, pero no el
mismo gatopardismo que hemos tenido que asumir hasta ahora. Yo me anoto con
quien esté dispuesto a impulsar esos cambios, para empezar el más mínimo de
ellos. Latinoamérica vibra con ideas nuevas y sería lamentable que nosotros en
Chile nos dejáramos llevar por los slogan y confiáramos en un cambio estéril
que nos va a devolver 20 atrás en nuestra historia.


























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