Por: Rafael Gumucio. Periodista y escritor.
(Vía
El País)
Me inscribí en los registros electorales a los 18 años para
votar por el No en el plebiscito que acabó con la dictadura de Pinochet en
1988. En todas las elecciones que han seguido he votado por la Concertación por la Democracia -la
coalición de centro-izquierda que nació de la campaña contra el Sí a Pinochet-,
la misma Concertación que, con más o menos margen, ha ganado cada una de las
contiendas electorales a las que se ha presentado desde entonces.
Esta victoria se hizo permanente para los que cumplimos 40 años y no conocemos
otra democracia que ésta que gana-mos en 1988, parte misma de la realidad.
Crecimos con el país, en los 20 años más prósperos de su historia, pensando que
era natural tener un mejor auto, una mejor casa, un mejor presidente que el anterior.
Crecimos sintiendo que era normal pactar, callar, esperar. Nos hicimos adultos
en un paisaje en que todo cambió -costos, ritmo, niveles de vida-, menos la
coalición gobernante, siempre ahí: Aylwin, Lagos, Frei, Bachelet, los hijos del
golpe de Estado, los que, cargando con los traumas de un pasado trágico, se
cuidaron siempre de lograr acuerdos y evitar crisis.
Así que la reciente victoria de la derecha en Chile es para mi generación más
que un simple cambio de nombres y siglas en el poder. Más que tristeza o
alivio, veo en mis amigos y compañeros de oficina una sensación de vértigo que
crece con los minutos.
Da lo mismo que en gran parte estas elecciones más que ganarlas la coalición de
derecha, las haya perdido la
Concertación y su incapacidad para buscar un candidato
convincente. Da lo mismo que haciendo casi todo mal, la Concertación siga
convocando al 48% de la población. Da lo mismo que la gran promesa de Piñera,
un hombre que votó el No y se presume liberal, sea la de continuar con los
logros de la presidenta Bachelet. El vértigo sigue ahí. Un vértigo que explica
en gran parte los errores y la resignación de la Concertación. Un
vértigo que explica la prudencia y moderación con que Piñera recibe el poder en
sus primeras horas de presidente electo.
Con el fin de la
Concertación terminan muchas, demasiadas certezas al mismo
tiempo. Lo hace, lo que es más extraño aún, sin disparos, en completa, en
compleja, normalidad. Gobiernan ahora los que, marcados por un pasado de horror
dictatorial, parecía que jamás volverían a gobernar en Chile. Lo hacen con
otros que no comparten el estigma de Pinochet. Hijos, como los que votaron por la Concertación, de
estos 20 años de transformaciones sin precedentes que deja un país que ha
crecido tres veces más que sus vecinos pero que es también uno de los más
desiguales del continente. Un país en que la presidenta Bachelet goza de un
inédito 80% de popularidad, pero que vota por quienes hasta hace poco pensaban
que no daba el ancho y había que desalojarla como sea. Un país que, según las
encuestas, pide más Estado y protección social pero vota por quien ha sido,
toda su vida profesional, un ferviente partidario del neoliberalismo económico.
Todas esas paradojas tan difíciles de entender habitan mi propia vida de un modo
íntimo e inescapable. Estos 20 años de Concertación han convertido a la mayor
parte de mis amigos periodistas, escritores, cineastas, en pequeños empresarios
y a mí en un mercenario del periodismo, las asesorías de comunicaciones y los
discursos a políticos y autoridades. Mi primo, hijo de uno de los hombres más
buscados por la dictadura, se presentó como candidato a la presidencia apoyado
por jóvenes que apoyaban esa misma dictadura que terminó por asesinar a su
padre.
En este clima otro de mis amigos escribió el guión de La Nana, una película chilena
que triunfa en el extranjero y que habla justamente de lo poco que no ha
cambiado en Chile: las empleadas domésticas que se alojan en las casas de los
patrones como si fuesen parte de su propiedad. El mismo país en que el hijo de
la empleada doméstica que cuida a mi hija, estudia Derecho en una universidad
privada, cuyas mensualidades seguramente están pagadas a golpe de tarjetas de
crédito, esas mismas tarjetas que nuestro presidente electo, Piñera, fue el
primero en introducir en Chile y luego convirtió en la base de su fortuna.
La enumeración de estas contradicciones, de estas transformaciones vitales y
morales creo que explica en gran parte ese vértigo que me inmoviliza ahora
mismo. ¿Quiénes somos? ¿Qué hicimos bien? ¿Qué hicimos mal? ¿Se puede separar
los logros de los fracasos, el Museo de la Memoria que recuerda las torturas y los
energúmenos que en la celebración de Piñera cantan loas a Pinochet? ¿Quiénes
somos? ¿Un ejemplo para todos los organismos económicos internacionales o una
vergüenza para todos los nostálgicos de la revolución? ¿Un país ordenado del
Tercer Mundo, un país desigual del Primer Mundo?
Sé yo que estos 20 años han sido mi juventud. Sé que ahora tengo 40 años y
tengo que hacerme responsable de mis actos, sin padres, presidentes o
coaliciones que me protejan o salven. Sé qué me toca, sé qué le toca también al
país, la triste gloria de ser adulto.
¿ y que decir de ...
¿ y que decir de los enegumenos que durante todos estos años han estado cantandole loas a Allende, el destructor de nuestra democracia y convivencia nacional?