Por: Javier Rodríguez Marcos (Vía El País)
Al seísmo le siguió un 'tsunami', pero también los saqueos y una ola de psicosis
La eternidad en minuto y medio. El domingo 28 de febrero el
concierto de Los Jaivas, un grupo de folclore-protesta muy activo durante la
dictadura, terminó de tocar a las tres de la madrugada (cuatro horas más tarde
en
Carolina Villarroel y Enrique Águila se acababan de meter en
la cama después del concierto cuando su casa empezó a agitarse como una
batidora: cogieron a sus cuatro hijos a oscuras (la luz tardaría seis días en
volver), los calzaron para que no se cortaran con los vidrios rotos que
alfombraban la casa y, sorteando los muebles que les cerraban el paso, salieron
a la puerta. Desde allí se veía el incendio de
Se salió el mar. En el mismo minuto, los padres de Carolina estaban
abandonando su casa en Penco, en la costa del Pacífico, a
Al otro lado de la bahía, en Talcahuano, el puerto
industrial más importante del Cono Sur, murieron 90 personas y toda la
industria pesada ?refinerías y siderurgia? quedó seriamente afectada. Tanto en
la costa de la región del Bío Bío, cuya capital es Concepción, como en lugares
de la región del Maule como Constitución,
El terremoto social. Enrique Águila, abogado especializado
en responsabilidad civil, cuenta que en Concepción hubo cuatro seísmos: el terremoto,
el maremoto, los asaltos a los supermercados y la psicosis. Del primero no
avisó la tierra, del segundo no avisaron las autoridades (
Lo mejor y lo peor. Fernando Villarroel, un asistente social que se refugia por las noches en la casa de su hermana pero que se pasa el día recorriendo las comunas del gran Concepción (un conglomerado de más de un millón de habitantes) dice que un terremoto saca lo mejor o lo peor de la gente. Por eso la otra cara de los saqueos es la red espontánea tejida por los vecinos para calentar agua en casa de quien tenía todavía cocina de gas, garantizar la comida de los niños, las medicinas de los enfermos o amasar pan con lo que alguien había conseguido en un barrio de mala fama. En una ciudad en la que no funcionaban los semáforos y tomada por las colas de coches en busca de gasolina y agua antes de que el toque de queda obligase a despejar las calles, el tráfico era más ordenado y bastante menos ruidoso que en Madrid o Barcelona un día laborable. Pasada la psicosis de las noches en las que algunos salieron a la calle cómicamente armados con sables, la gente supo sobreponerse incluso a la rabia provocada por la actitud de sus gobernantes, que no les avisaron de la catástrofe marina, dudaron antes de protegerles y tardaron en distribuir las canastas familiares de auxilio. A algunos barrios llegaron por primera vez el viernes. Villarroel lo resume con una de las pancartas desplegadas al otro lado del río Bío Bío: "Santiago no es Chile".
El llanto de los perros. Dice la gente de Concepción que los perros presienten el ruido subterráneo que precede a un temblor, y esta semana los perros no han parado de llorar. Cada día no menos de cinco movimientos sísmicos (el viernes hubo uno de 6,3 grados) siguen sacudiendo la maltrecha estructura de los edificios más dañados. La alcaldesa, nombrada nueva intendente, ha firmado la orden de derribo de cinco. Otros 12 esperan su turno. Algunos tenían menos de un año. A nadie se le escapa que la reciente avaricia constructora se saltó la estricta norma arquitectónica de un país que en los últimos 500 años ha sufrido 46 terremotos destructivos, es decir, de una intensidad superior a 7,5 grados. Sebastián Piñera, propietario hasta hace meses de aerolíneas, farmacias y constructoras y nuevo presidente de Chile a partir del jueves, dijo que el suyo no sería el Gobierno del terremoto sino el de la reconstrucción.





Por
Por: Ernesto Evans, Director Giro País
Por Sebastián Iglesias,
Director Ejecutivo Giro País.



















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