Sebastián Iglesias, Director Ejecutivo Giro País.
A simple vista, los datos de la encuesta Adimark son buenos para el Gobierno. Se trata de números similares a los que obtuvo la Presidenta Bachelet y su equipo los primeros días de su administración. Y son buenos porque muestran una aprobación del 52%. Sus mejores rendimientos están entre los 25-35 años, en los cuales se dispara esa aprobación hasta el 64%. Y obtiene además un alto respaldo en sectores ABC1, C2 y C3, en que alcanza sobre el 60%.
Los resultados son coincidentes con los 155.000 votos que perdió la Concertación en las últimas elecciones en las comunas del sector oriente de Santiago, y con el fenómeno de las personas entre 25-35 años de sectores emergentes que votaron la elección pasada por MEO o Piñera. Miran sin miedo el éxito, son emprendedores y no les gusta la confrontación. Tampoco les gustan los conflictos de interés de Piñera (en Adimark la confianza y la credibilidad son sus puntos más débiles), pero respetan su capacidad de trabajo y su discurso sobre la eficiencia. Me aventuro a creer que les gusta el liderazgo amable que representan en la Concertación gente como Carolina Tohá, Michelle Bachelet, Ricardo Lagos W. y Claudio Orrego. No les gustan en cambio los liderazgos atrapados en el pasado o en la lógica del blanco y negro. Son los nuevos chilenos que hablan.
En la mayoría de los países en que una coalición pierde el Gobierno, se provoca un profundo derrumbe entre sus liderazgos, se genera un proceso de diagnóstico y se plantea una nueva oferta de futuro para el país. Se ven los resultados de la elección y se miran las encuestas posteriores. Se cambia el rumbo y se afina el discurso hacia los sectores que dejaron de votar por ella.
La Concertación corre el riesgo de hacer un cónclave en el que otra vez se habla a sí misma y no abre sus ventanas. Como dijo Sergio España hace unos días, un cónclave con-clave: en el que hablan y asisten los mismos de siempre y es tabú el diagnóstico de las causas de la derrota. Mientras tanto, se corre el riesgo de seguir pareciendo un popurrí de líderes desorientados, con ganas de criticar y que poco colaboran en el nacimiento de una oposición de verdad. El soliloquio de los actuales presidentes de los partidos de la Concertación pocos lo escuchan. Y, al parecer, ellos tampoco saben escuchar.
Varios tenemos la esperanza de que éste sea un cónclave sin-claves: en que se invite a gente nueva, en que no se le tenga miedo al diagnóstico e irrumpan los nuevos liderazgos. En el que se escuche lo que nos dijeron la elección y las encuestas. El riesgo no es sólo seguir jugando a los sordos, sino escuchar los últimos estertores de una coalición que se nos va.


























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