Son una plaga. Están por todos lados; en los cables del tendido eléctrico, en las “palomas” callejeras inundando las veredas y las esquinas a riesgo de algún accidente, en gigantografías los más adinerados exhibiendo sonrisas prefabricadas y frases amistosas por doquier. Haciendo el ridículo y arriesgando querellas en You-Tube o atentando contra la privacidad en Facebook al saturar con información de actividades que nadie se dará el tiempo de leer. Desafiando el pudor y buen gusto con jingles radiales que perfectamente recordarían la oferta de dentífricos o papel higiénico hace medio siglo, salvo por el reggaetón de fondo.

























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